Hay fobias tan absurdas y extrañas como el miedo a las plantas, a las cáscaras de cacahuates, a los ombligos y a las mujeres hermosas.

Por: Jaime Ruiz Ortiz

A veces no sabemos por qué razón evitamos pasar por ciertas calles o dormir toda la noche con la luz encendida de la alcoba. Nos preguntamos por qué alguien prefiere escaleras en lugar de usar elevadores, a pesar de la comodidad que el aparato electrónico nos brinda.

Nuestros miedos designan nuestros rumbos, la forma de ser, actuar, sentir.

Algunas de nuestras fobias son adquiridas a lo largo de la vida. De acuerdo a investigaciones se ha comprobado que los niños pequeños que gatean y que aún no saben lo que es el bien y el mal, pueden jugar sin mayor remordimiento con serpientes gigantes que aterrarían al adulto más valiente, y pueden manipular ―cual muñeco de trapo―, a la más peluda tarántula que protagonizaría la peor pesadilla de su padre o de su madre: Porque no saben lo que es.

Según algunos científicos los hijos repiten la fobia de los padres, por ejemplo, una madre con aracnofobia les transmite a sus hijos su propio miedo a las arañas. Este comportamiento no siempre se trata de herencia genética, sino es algo aprendido.

Muchas de éstas situaciones son aprendidas a temprana edad, a medida que los niños crecen se les dice que “las arañas pican”, que “las víboras son venenosas” y a los que se portan mal se los lleva el Coco, o “viene el lobo y te comerá”.

La película Eso, de Stephen King y Juegos Diabólicos (Poltergeist) de Spielberg incubaron en nosotros el miedo a los payasos (Couolrofobia).

Muchos de estos miedos pueden considerarse de alguna forma naturales, por ejemplo, podemos temerle a las alturas y a las serpientes porque éstas implican una amenaza contra nuestra vida; le tememos a las inyecciones y a las cirugías, porque implican dolor… hasta ahí todo es normal.

Hay fobias tan absurdas y extrañas como el miedo a las plantas, a las cáscaras de cacahuates, a los ombligos y a las mujeres hermosas, como es el caso de la Caliginefobia. Aunque parezca absurdo el “miedo a las suegras” también tiene cabida en este reino y es conocido como la Penterafobia.

El poeta y cantante Jim Morrison tenía cierta fijación ante las puertas y el grupo en el que se hizo famoso se llamó The Doors (Las Puertas).

Jorge Luis Borges le temía a los espejos y varios de sus poemas y libros fueron inspirados por estos objetos reflejantes.

Irónicamente la Hipopotomonstrosesquipedaliofobia es el “miedo a las palabras largas”.

Es posible que nadie esté exento a algún tipo de fobia, incluso Superman le temía a la Criptonita.

Nada nos aterra más que la idea de despertar en una caja oscura y descubrir, en medio de las duras sombras, que fuiste enterrado vivo.

Morir en un lugar: solo, viejo, pobre y sin hijos, es uno de los miedos más comunes, que mantiene a muchos trabajando duro para ganarse la vida.

Hay quienes le temen a los cementerios y a los hospitales. Contrario a eso el escritor Juan Ramón Jiménez le pidió una vez a un amigo que le buscara una pensión cerca de una casa de socorro, pues no podía vivir lejos de un centro hospitalario; Jiménez acostumbraba a clavar las puertas a las jambas de sus marcos para evitar que la muerte se colara en su habitación.