Sus calaveras no hacían más que mentarles a todos la muerte, que era peor que les mentara a la más vieja de su casa.

Por Jaime Ruiz Ortiz

Hacia 1890, el grabador José Guadalupe Posada se asoció con Antonio Venegas Arroyo, quien tenía una editorial. Posada fue un hombre perseguido por la ley; los políticos lo buscaban por haberles dado justo en donde más les dolía: en su propia muerte.

Las calaveras de Posada no hacían más que mentarles a todos la muerte, que era peor que les mentara a la más vieja de su casa.

Estas calaveras, atacaron a los más altos políticos de finales del siglo XIX mexicano, incluyendo a Porfirio Díaz. Junto con Venegas Arroyo realizó una abundante producción de carácter popular y nacionalista por medio de caricaturas, cuentos, hojas sueltas, historietas y periódicos. Y así como los escorpiones llevan el mortal veneno en la cola, las noticias ilustradas por Posada llevaban una moraleja mortal al final, eran voceadas en las plazas y calles, para regocijo del pueblo.

Las calaveras (ya sea pintadas o escritas), exaltaban en ‘la parca’, o en ‘la democrática’, ese carácter de igualadora que tenía de cubrirnos a todos con la misma sábana de tierra, “con la misma vestidura”, dijera la canción, a ricos y pobres.

A partir de esto, Posada fue un héroe nacional, como un “Chucho El Roto”, pero éste no robaba a los ricos para hacer menos infelices a los miserables, sino arrancaba a los adinerados y a los poderosos del carácter de invencibles, dándoles a entender que también formaban parte “del montón” y que, los monos, aunque se vistan de seda, monigotes se quedan. ¡Claro! Ni siquiera ellos escapaban de los brazos de la “Putilla del rubor helado”, putilla que, le pagues o no, te coge…

FRAGMENTO DE: “Ensayos sobre la Muerte”.